Por Jorge Chusit

No voy a dar nombres. No vale la pena. La finalidad, en este caso preciso, no es denunciar personas sino sistemas.

Sucedió hace algunos años atrás en territorio español. Uno de los equipos de la Major League Soccer estaba de pretemporada y jugaba un amistoso contra otro de la segunda división de dicho país. En plena disputa, un futbolista del conjunto estadounidense (de origen sudamericano) tomó el balón en la mitad de la cancha y tras desparramar cuatro rivales por el camino culminó su obra anidando el balón en el fondo de la red. Un gol “Maradoniano”, exclamaron los presentes, quienes enrojecieron sus manos al son de los merecidos aplausos.

Tras las felicitaciones correspondientes y una vez finalizados los noventa minutos de juego, el director técnico (estadounidense él y quien un tiempo después se hizo cargo de la selección nacional de su país), llamó al futbolista y ante la mirada atónita de sus compañeros y otros testigos ocasionales, le recriminó su “egoísmo”, recordándole que en sus equipos se juega al “one touch” (un toque), agregando que nunca más quería verlo “comerse” el balón como lo hizo. Con el correr del tiempo, aún incrédulo de lo que me habían contado quienes presenciaron la lamentable escena, fui comprobando que esa deplorable filosofía futbolística era (y es) la que caracteriza a gran parte de quienes son los encargados de formar a las jóvenes promesas de este país.

El pasado fin de semana concurrí a presenciar el “Combine” de la MLS en la ciudad de Fort Lauderdale. Son tres jornadas en las que los mejores (¿mejores?) futbolistas universitarios son observados por los cuerpos técnicos de los equipos de la Liga en busca de refuerzos. Me cuesta calificar el triste espectáculo que me tocó presenciar. Simplemente podría decir que salí con un molesto e incómodo “dolor de ojos”, sin dejar de reconocer la enorme decepción que volví a experimentar. Y digo “volví” porque año tras año suelo sufrir idéntico síntoma. Reconozco ser un testarudo, de esos que aún confían en que alguna vez el milagro del cambio se convertirá en realidad.


Duele, golpea, decepciona y doblega observar la carencia de ideas, de verdaderos “jugadores de fútbol”. No existe la gambeta, la finta, el “dribling”. Ni un caño, ni un sombrerito. Nadie se atreve a dar espectáculo, a intentar el desborde dejando al rival desparramado en el verde césped. Los laterales jamás se suman a las jugadas de ataque, las paredes sólo las conocen por ser las que dividen las habitaciones de sus casas. Los enganches, el famoso “10”, brilla por su ausencia. Todo es a un toque. “One Touch”, como diría el famoso técnico.
En Estados Unidos se preparan atletas, no futbolistas. Todos corren, nadie piensa. Todos se sacan el balón de encima, no lo miman. Ni que hablar de alguna caricia al mejor estilo Messi, Iniesta, Kaká o Ronaldo. Eso es otro fútbol, el verdadero.

Aquí, en Estados Unidos se juega y se enseña “Soccer”. Y eso es, definitivamente, otra cosa.